Resina de Benjui Bhatu

“Ahora, ¿qué piensas de esta idea Choji-kun? Ya sabes lo abrumados que hemos estado por todas estas cosas del jazz chino, que no es exactamente lo que tengo en mente en relación a los nuevos principios de trabajo que estoy delineando en relación con la ceremonia del té. Tomar el cuenco de té, por ejemplo… “, Se volvió hacia Chojiro para asegurarse de que estaba escuchando, y vió que no lo hacía, al contrario, Chojiro esta absorto mirando el paso de una luciérnaga:

— Choji-kun, por favor, ¡preste atención!
— Sí Ricky, ¡perdón, quiero decir “Sensei”! Estaba intentando ver en el vuelo el patrón relacionado con el sutra que se encuentra en las crónicas de Vikramaditya…, ya sabes el de…

“¡No me importa, collons, ahora me da igual tu sutra!”, espetó Sen no Rikyu, un poco molesto. “¡Esto es lo que quiero hacer!”, continuó.

— Si señor, ¡tus deseos son mis órdenes!, respondió Chojiro.
— ¿Qué es eso que acabas de decir?, dijo Rikyu, perplejo.
— Oh, no es nada en realidad. Es algo que aprendí de este tío jesuita…, cómo se llama…, ¡Paco Xavier!. Estaba de camino a Shimonoseki, cuando me encontré con él ayer por la noche, sonrió Chojiro muy satisfecho de sí mismo.
— OK, pero por favor, ¿puedo tener toda tu atención?, esto es importante…: ¿Has visto los tazones de arroz negro que se están produciendo en Mino y que se pueden encontrar de 15 a la docena? No hay necesidad de responder, tengo uno aquí. ¿Ves este esmalte negro? ¡Esto representa, nada mas y nada menos, que una abstracción de la espiritualidad!

El compañero Chojiro miró a su “guinomi” totalmente perplejo. “Creo que necesito una bebida fuerte”, penso para sus adentros. Como leyendo su mente, Sen no Rikyu llenó su copa y siguió:

— Bueno, en este esmalte negro lo que también se ve es la combinación perfecta entre el jade líquido y las profundidades de la nada. Quiero que me hagas un cuenco de té como este.
— ¿Qué dice usted? Solo soy un humilde tejero.

Pero Chojiro no era de los que se rinden ante cualquier reto, resueltamente se puso en pie y dijo: “Mi ilustre Iemoto, voy a comenzar ahora mismo y, antes de poder decir “Oku Gorai”, ¡lo tendrás!”

Cuando se hablaba de la historia de la cerámica japonesa, Chojiro siempre había oído que la cerámica de Seto, que nació en el siglo octavo, fue durante una época el único centro de producción de cerámica vidriada; también sabía que la cerámica de Mino-yaki se había producido en Gifu desde mediados de la Era de Heian (794-1185 d.C.), y que se dice que fue el sitio que dio lugar al nacimiento de la cultura del té en Japón. “¡Me cago en la leche!” pensó Chojiro para sí mismo, “lo que quiero es conseguir ese maldito barniz negro!”

Aquella noche, Chojiro no durmió bien, dando vueltas y vueltas en su futón. “¿Cómo diablos voy a hacer un cuenco negro de té? ¿Y qué tipo de barniz será?, gemía, ¡Soy sólo un fabricante de tejas y, si no lo hago, voy a perder la honra, que es un destino peor que la muerte!”.

Al día siguiente, fiel a su estilo, Chojiro montó sobre su caballo y ya estaba en el Tokkaido con el aire de la mañana. Se detuvo una noche en las montañas Odaka y disfrutó de la hospitalidad de los monjes guerreros en su “Sohei matsuri”, donde llevó a hombros un “dashi” en llamas. Unos días más tarde llegó a Seto con la intención de localizar las piezas de ceramica vidriada que sólo se realizaban allí. En una “isakaya” local, llamada “Wakame”, Mama-san le dijo que debería probar en las afueras, en el taller de Watanabe-sensei, en Fujigaoka-cho. y eso es lo que hizo Chojiro. Y muy a su placer, allí estaban trabajando sin parar con un noborigama caliente, con humo hinchando a gritos en el cielo Edo. Se le dijo que esperara, porque estaban a punto de probar los resultados. Las pruebas tenían que ser hechas para ver si el esmalte se había fundido bien. Atraves de un agujero se sacó una pieza con unas largas pinzas. La colocaron sobre una piedra y allí la dejaron enfriar. Al cabo de unos minutos, volvieron a cojerla y la colocaron en un cubo de agua.

La técnica se conoce como “Hikidashi” (引き出し, “sacar del fuego”). ¡Ajá!, gritó Chojiro con alegría, ¡Esto es una inspiración…..Que idea me ha dado ese proceso! para asegurarse de todo, decidió visitar la ciudad de Mino, donde vio el mismo proceso.

A su regreso a Kyoto, Chojiro construyó un pequeño horno de carbón en el que cocer los cuencos. Con este pequeño horno tardaba once horas en alcanzar la temperatura. Cuando pensó que había alcanzado la temperatura, comprobó el cuenco como había visto hacer en Mino y Seto…, “¡No, todavía no, jolin!”.

Se sentía un poco desanimado. Volvió a colocar la pieza en el horno y esperó. ¡Ah…, la paciencia es, sin duda, una virtud! La próxima vez que sacó el cuenco de té, el esmalte se habia fundido muy bien. Lo colocó sobre una piedra y lo dejó enfríar antes de meterlo en agua.

¡¡¡Y así es como nació el Raku!!!

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